…masculino, pero a veces el habitual despliegue se le antojaba excesivo. Aquellas —miró el Omega cuadrado que llevaba en la cara interior de la muñeca izquierda— no eran horas para exhibir lencería fina.

—El propietario no es problema —explicaba Menchu—. Se trata de un viejecito encantador que va en silla de ruedas. Y si descubriendo la inscripción aumentamos sus beneficios, le parecerá muy bien… Tiene dos sobrinos que son dos sanguijuelas.

En la barra, Max continuaba la conversación; pero, consciente de su deber, se volvía de vez en cuando para dedicarles una espléndida sonrisa. Hablando de sanguijuelas, se dijo Julia, aunque procuró no comentarlo en voz alta. Tampoco es que a Menchu le hubiera importado mucho, pues profesaba un admirable cinismo a la hora de considerar cuestiones masculinas; pero Julia tenía un acusado sentido de las conveniencias que le impedía ir demasiado lejos.

—Quedan dos meses para la subasta —dijo, ignorando a Max—. Es un margen demasiado justo, si tengo que eliminar el barniz, descubrir la inscripción y barnizar de nuevo… —meditó sobre ello—. Además, reunir documentación sobre el cuadro y los personajes y redactar un informe va a llevarme tiempo. Convendría tener pronto ese permiso del propietario.

Asintió Menchu. Su frivolidad no se extendía al ámbito profesional, donde se movía con la sagacidad de una rata sabia. En aquella transacción actuaba como intermediaria, pues el dueño del Van Huys desconocía los mecanismos del mercado. Era ella quien negociaba la subasta con la sucursal en Madrid de la casa Claymore.

—Lo telefonearé hoy mismo. Se llama don Manuel, tiene setenta años, y le encanta tratar con una chica guapa, como él dice, que tanto sabe de negocios.
Había algo más, apuntó Julia. Si la inscripción descubierta se relacionaba con la historia de los personajes retratados, Claymore jugaría con eso, aumentando el precio de salida. Quizá Menchu pudiera conseguir más documentación útil.

—No gran cosa —la galerista fruncía la boca, haciendo memoria—. Todo te lo di con el cuadro, así que búscate la vida, hija. A tu aire.
Julia abrió el bolso y se entretuvo más tiempo del necesario para encontrar el paquete de tabaco. Por fin sacó despacio un cigarrillo y miró a su amiga.

—Podríamos consultar con Álvaro.
Menchu enarcó las cejas. Petrificada se quedaba, anunció en el acto, cual mujer de Noé, o de Lot, o de quien fuera aquel idiota que se aburría en Sodoma. O salidificada; o como se dijera o dijese.

—Así que ya me contarás —la voz le enronquecía de expectación; olfateaba emociones fuertes—. Porque Álvaro y tú…

Dejó la frase en el aire con gesto de súbita y exagerada pesadumbre, como cada vez que se refería a problemas de los demás, a quienes le gustaba considerar indefensos en materia sentimental. Julia sostuvo su mirada, imperturbable.

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